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jueves, 29 de octubre de 2015

Besos de ascensor


Entré en el ascensor y le vi sentado en el suelo hojeando el periódico del día anterior. Su perfume inundaba aquellos cinco metros cuadrados, penetrando lentamente por mis fosas nasales hasta llegar a mis pulmones donde se anclaría durante toda la noche.  

Cuando me vio entrar se incorporó rápidamente y sacudió sus pantalones de pana con las manos. La tensión era evidente, lo era desde hacía varios meses, siempre deseaba encontrármelo en algún lugar al regresar a casa. Pulsé el botón y comenzamos a ascender hasta la azotea del edificio.

Nuestras respiraciones se aceleraron cuando sin quererlo nos rozamos, perdimos el equilibrio, un golpe, un ruido, y el ascensor se paró. Allí estábamos, a oscuras, con apenas una tenue luz naranja de emergencia iluminando nuestras miradas perdidas. El silencio perduró unos segundos más.

-Se ha parado -No pude decir cosa más estúpida en aquel momento. Era obvio que nos habíamos quedado encerrados a más de veinte metros sobre el suelo. Él sonrió y miró como me temblaban las manos. Nunca le había preguntado cómo se llamaba, ni lo hice.

Sudaba, las gotas caían lentamente por mi frente, tiritaba, tenía los pies y la punta de la nariz congelados. Se quitó el abrigo de cuero que llevaba y me lo colocó sobre los hombros. Tenía unos ojos pardos preciosos, brillantes, unos labios carnosos suplicando ser besados por alguna boca decidida.

Nos besamos, fue un beso lento, dulce, apasionado, deseoso de llegar a más, de poder no acabar nunca. La piel se me puso de gallina y nuestras respiraciones comenzaron a volverse jadeos.

Sin quererlo ni beberlo volvió la luz y el ascensor continuó ascendiendo. Pero él lo paró de nuevo. Pulsó el botón tan fuerte que parecía que lo iba a romper de un momento a otro. Paró el ascensor, a posta, queriendo. Una vez más la oscuridad, el silencio, el frío, la tensión, besos traviesos por el cuello y una mano deslizándose por mis caderas.

Y cada día igual, lo parábamos y nos besábamos, así sin más, como si fuéramos un vicio, una montaña rusa, dos niños traviesos...hasta que de repente dejé de verle, nunca supe si seguiría viviendo allí o si simplemente quería esconderse y olvidar aquellos días...Dejé de verle.


No me dio tiempo a preguntarle su nombre.


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