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domingo, 27 de diciembre de 2015

Una imagen en mil palabras

 Con este texto de 1000 palabras, centrado en la foto, me presenté al concurso "Una imagen en mil palabras", espero que os guste.

El polvo dejaba ver las recientes huellas en los escalones, como si fuesen fósiles, como si la naturaleza hubiese querido disecarlas al instante en un intento de detener el tiempo.

El farolillo anclado a la pared de piedra perdía intensidad, ya no alumbraba como lo había hecho hasta ahora, solo servía de cobijo para unas abejas desorientadas y hambrientas, como escondite para las arañas, como base para esa cigüeña que ya comenzaba desde altas horas de la madrugada a depositar los primeros palos de madera para construir su nido, como casa... ¿Dónde había quedado ese callejón bañado en rayos de sol? Ahora solo quedaban los restos de lo que en su día había sido un pasadizo, un escondite, una vía de escape para cualquier curioso.

La fachada este de la iglesia bañada en piedra y cemento seguía siendo firme y robusta como el primer día, le había dado forma con la ayuda del muro oeste de mi casa. Juntas habían conseguido crear la combinación perfecta, ajustarse a cada milímetro de tierra, dejar paso a una escalera de la que pocos sabían de su existencia, excepto yo. Ya eran muchos años subiendo y bajando peldaños a la pata coja sin ton ni son, arrastrándome por las paredes o colgándome de las verjas de hierro de las ventanas para después soltarme con la idea de conseguir volar y caer al suelo de cabeza.

Lo importante de aquel lugar no eran las veces que se pasaba por él inesperadamente, no era de dónde salía y a dónde conducía sino todo lo que su interior albergaba, el contenido. Pelearse con el envoltorio para dejar ver sus recovecos y grietas en carne viva suplicando ser descubiertasNo hubo noche en la que no me senté entre aquellos dos edificios, dejando que el eco se apoderara de mi voz, permitiendo que las sombras jugaran con mis pies danzarines. Ya mi abuela me decía que el tiempo es la distancia más larga entre dos lugares...entonces yo habré pasado ahí más de una vida, haciendo competencia a los gatos, pisando cada adoquín, cada roca, cada hierbajo seco o salvando a las mariquitas de morir en el estómago de algún insaciable gorrión.

Me sentía diminuta y enorme a la vez, pero tal y como dice el proverbio "Gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo pequeñas cosas puede cambiar el mundo" Y respondiendo modestamente...eso hice.Aquellos doce peldaños no conducían a un callejón sin más, conducían a El Callejón por excelencia. Doce, como los números del reloj, como las uvas de noche vieja, como las pecas que decoraban mi tez blanquecina.

El Pasadizo del Misterio lo llamaba yo, y lo sigo llamando hoy, un recorrido que conduce a un bosque al que hasta los propios lobos temen y del que los búhos intentan huir. Luminoso, colorido. La luz del sol penetra en cada tronco, en cada hoja...un lugar donde todo es posible y a la vez nada es probable, donde forjé toda una infancia, donde los animales cobran vida por si solos, donde no hay ser vivo que quiera acercarse... Doce peldaños que, como campanadas a media noche, llevan a un mar lleno de peces, y tiburones hambrientos, algas, barcos hundidos, historias de sirenas sin cola y piratas sin loros como animal de compañía. Un callejón que lleva a las más altas dunas del desierto a lomos de famélicos camellos sin jorobas, de alfombras voladoras y oasis secos.

También dicen que si cierras los ojos y descorchas la pintura de sus robustas paredes mientras las acaricias con las yemas de los dedos llegas a un lugar lleno de luz y sombras, con murciélagos durmiendo bocarriba y alguna que otra bruja sin su caldero chorreante. Una vez ese farolillo alumbró numerosas noches oscuras, pero no era el único, toda una hilera de velas incandescentes fueron testigos de los besos a escondidas, las persecuciones del perro y el gato y esos primeros y últimos copos de nieve en pleno invierno.

Llamadme loca, infantil, incomprendida, demente, ilusa...pero esa escalera, esas dos paredes, ese suelo lleno de adoquines y el cielo bajo las cabezas conducían a un lugar donde era mejor quedarse que salir de él, donde podíamos ser niños, donde podían ser ancianos, donde podíamos ser simplemente humanos sin preocupaciones, sin prisas, dejando que las palabras y las melodías de las urracas acunaran mis tímpanos. Ya hace mucho tiempo de aquellos años, lástima que ese cachito de calle no sea visto de igual manera, sólo queda polvo, y escarcha, hojas secas y flores marchitas que un día quisieron trepar por las fachadas pero se quedaron en el intento.

Ya no queda nada, está oscuro, ni siquiera la luz que viene del final deja ver ni una pizca de lo que llegó a ser un día. El tiempo pasa, los segundos se vuelven horas, las horas días y los días se convierten en años que ven como algo que fue un pequeño tesoro se transforma en cementerio de recuerdos. ¿Dónde habrá quedado esa marmita a rebosar de sueños y mundos paralelos? Yo solo veo un secarral, los restos de un naufragio, un zapatito de cristal extraviado, el té frío, esa maleta sin dueño, gritos de auxilio...ni siquiera los perros del mendigo se dejan caer por allí, ni los niños perdidos, ni el amor no correspondido...

El polvo dejaba ver las recientes huellas en los escalones, como si fueran fósiles, como si la naturaleza hubiese querido disecarlas al instante en un intento de detener el tiempo. Ahora es sólo una unión entre dos puntos, una línea recta, un "sin más", un suspiro, un abrir y cerrar de ojos... Aún sigo viendo al fondo el último libro que me acurrucó y que dejé tirado en el suelo vomitando palabras, junto al farol. Las letras, que penetraban en mi cerebro y hacían creer en lo inexplicable, aún vagaban moribundas esperando un nuevo dueño. 

Qué pena que ya nadie se dignara a pasear por allí, vivimos en un mundo mágico pero hemos perdido la capacidad de verlo...y de leerlo.


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